La mala educación - Cartas de fútbol
443
post-template-default,single,single-post,postid-443,single-format-standard,do-etfw,ajax_fade,page_not_loaded,,qode-title-hidden,qode_grid_1300,qode-content-sidebar-responsive,qode-theme-ver-17.2,qode-theme-bridge,disabled_footer_top,qode_header_in_grid

La mala educación

Hola Juan Carlos. ¿Dónde ponemos el límite? ¿Dónde plantamos nuestra barrera para frenar así cualquier tipo de acometidas? La frontera para mi es el insulto. Un peaje que soy incapaz de asumir, una línea roja ante la que se acaban los argumentos, un agujero de gusano en la educación de cualquiera. Se ha banalizado tanto el insulto que en ocasiones nos hiere más una pitada, una opinión distinta o una imagen, mientras los exabruptos pasan desapercibidos disfrazados de vigor, testosterona o simples calentones provocados por las altas pulsaciones.

Todo esto, como ya imaginas, viene a cuenta de Diego Costa, quien dejó a su equipo con uno menos en el Camp Nou tras echar fuego por la boca después de que el árbitro no le pitara una falta en su propio campo, en un lugar y un momento totalmente intrascendente. Todo ello ocurrió en el minuto 28 y Costa debía tener ya las pulsaciones bastante elevadas porque unos minutos antes ya había propiciado un codazo a Lenglet (quiero pensar que fortuito) que podría haberle causado la expulsión. Señalo esto porque me he hartado de leer teorías de la conspiración desde algunos sectores rojiblancos. Prefieren señalar al árbitro que pedir explicaciones a su propio jugador. Cuando la roja no existe si Diego Costa no abre el pico. En estos casos ocurre como con los anuncios de Youtube, los saltamos sin reparar en ellos.

Y es que el insulto desacredita a quien lo profiere. Sea Diego Costa, Luis Suárez o Sergio Ramos. Lo dijo Simeone en rueda de prensa y Clemente Villaverde en el palco. Hasta Costa pidió posteriormente perdón a sus compañeros. Luego se podrá debatir si el castigo es igual para todos, si unos tienen bula y otros juegan señalados, pero si erradicamos la mala educación (el verdadero problema que subyace detrás de todo esto) de los terrenos de juego el fútbol será un lugar más sano.

Así no tendríamos que llevarnos las manos a la cabeza cuando vemos imágenes como las de Vallecas. Donde dos sujetos (por decirlo educadamente) no solo insultaron a Marcelino, el entrenador del Valencia, sino que le desearon la muerte. Ocurre habitualmente en las redes sociales por ese blanqueamiento del insulto que llevamos tiempo haciendo, pero resulta aún más impactante ver a dos tipos a cara descubierta retratándose de esa manera. Marcelino, por cierto, situado a un par de metros aguantó el chaparrón mirando para otro lado. Y a veces me pregunto si mirar para otro lado no es una manera de ser cómplice de ese acto, sobre todo cuando hay tantas pruebas para denunciarlo.

Querría cambiar un poco el tono agrio de esta carta por uno más esperanzador. Todavía con la resaca fresca de tu partido contra la ansiedad, escuchaba ayer el acto de valentía de Joaquín Caparrós. El técnico sevillano no amagó para confesar que sufría leucemia y que va a pelear contra ella con la misma fuerza y carácter que ha imprimido a su vida. Me preguntabas en tu última carta si normalizar este tipo de enfermedades acerca al deportista al ciudadano de a pie. Por su puesto que sí, con el añadido de que esa lucha tiene un componente mediático y puede servir de ejemplo y motivación a tantos otros.

Para terminar, te lanzo una última pregunta futbolística. ¿Crees que Messi, con su décima Liga en el bolsillo, ha superado ya a Di Stéfano o necesitará ganar una Champions más?

Prometo que habrá más fútbol en la siguiente.

Un fuerte abrazo.

Emmanuel.